Poesía: Refugio de montaña, ascensión furtiva, descendimiento...








martes, 27 de diciembre de 2011

"PUIG CASTELLAR" Y "PICA D'ESTATS"


PUIG CASTELLAR, 303m


Uno de los hallazgos arqueológicos
del poblado ibérico.
He aquí al poeta, el indeseable,
en cualquier tiempo
y lugar.
                         a Jordi Valls

Tot s'origina aquí
ara mateix
el no-retorn

les ungles del Poio
esberlant-nos el crani

[rabos de lagartija
danzantes
culebreando
por las zanjas
del insomnio]

si el món no
ens correspon
haurem de foradar-nos
els mots
d'exili i tenebra

[tal vez las rapaces
nos oigan sangrar]


Pica d'Estats, 3.141m

                                  
a Laia Noguera

La pàtria ens queda petita

el silenci és el refugi
de les nostres veus

quan ens somiï la fosca
caurem encegats
pels xàfecs de verd

ens tindrem a nosaltres
de pedra i de paraula

germans

                               

Pica d'Estats

domingo, 25 de diciembre de 2011

LOS SENDEROS DEL LENGUAJE















El desierto verde, de Eduardo Moga (El Gato Gris, 2011)

 
Eduardo Moga es una de las voces más extremas, exigentes y atrevidas de la poesía actual escrita en nuestra lengua. Su verbo proteico, atomizado e inconmensurable, no nos deja indiferentes. Los lectores que le hemos ido leyendo desde sus inicios agradecemos su talento visionario, su derroche imaginístico, su voluntad de alcanzar lo que nos es negado: lo no visible. Comprendemos las razones del autor y nos adherimos a ellas, por su coherencia y su dificultad. Eduardo pertenece a esa rara estirpe de autores que, de vez en cuando, llegan para refundar e inyectar de nuevo sentido a las palabras, porque otros (y no sólo escritores) extraviaron su luz agotándolas por el abuso reiterado y simplista. El propósito de estos progenitores, más bien escasos, es de llevarnos hacia el no ser, hacia esas otras llanuras inexistentes (ese desierto fértil sin lenguaje) donde nunca antes otro, ni lector ni escritor, haya llegado. Emoción e inteligencia son concebidos por igual. Imagen y pulso son el mismo denominador común, indisociables, manteniendo un difícil equilibrio por no subyugar el uno en el otro. La poesía de Eduardo aspira a explicar el todo y se sirve de la palabra, expandiendo sus límites hacia lo imposible, saturando los sentidos, imagen a imagen, construyendo una cosmogonía en cuyo centro reside la constancia de una tensión vibrante y hermética. Su poesía es inquisitiva, exasperada, y encuentra bajo la estética del caos expansivo, su lógica. Su razón de no ser es ser en el lenguaje. Para ello el poeta dispone de un sinfín de recursos (retórica, polisemia, rupturas semánticas, contradicciones metafóricas, antítesis, litote, elipsis…) que utiliza con suma y elaborada destreza hasta ser capaz de distorsionar la propia realidad, obviándola, negando la corteza superficial del mundo conocido y acabar entregándonos otro, significado y sonoro, que aunque no nos salve del naufragio nos permite naufragar en él con mayor plenitud.


La última entrega de Eduardo Moga es El desierto verde, publicada por la editorial vallisoletana El Gato Gris que dirige José Noriega, en edición de coleccionista, con textos caligrafiados y cubierta de madera de haya, acompañados de las ilustraciones de Santiago Serrano. Un objeto exquisito y a la vez extraño. Quien disfrutó con libros como El corazón, la nada (Bartleby, 1999), Las horas y los labios (DVD, 2003) -libros que acabarán siendo y ya son de referencia para muchos- volverá a hacerlo ahora, pues hablamos de uno de los máximos exponentes del poema en prosa de nuestro país. 

Si hay un momento en que podemos sentir ese extrañamiento de  la propia existencia, extranjeros de nosotros mismos en toda su extensión y complejidad, es en el periodo vacacional. En ese momento de nuestras vidas en que nos desplazamos de nuestro lugar de origen y desarrollo, para llegar a otro del que poco o nada conocíamos, con otras constantes, vínculos, costumbres y paisajes. El desierto verde constituye un homenaje al paisaje extremeño, pero no desde una mera descripción o primera impresión de sus gentes o parajes, en calidad de espectador accidental. El poeta no pretende abordar ese mundo ni definirlo como algo ajeno a él, sino que trata de captar lo que le produce de manera directa, introspectiva y, en ocasiones, ininteligible. Cada poema aspira a darnos la fotografía exacta de un universo interno que colisiona con otro exterior, reavivándolo o condenándolo a su continua transformación.

Nadie es profeta en su tierra. Ni en Extremadura ni en Cataluña. Pero los vastos y demoledores poemas de Eduardo Moga ahí están, al alcance de aquellos lectores inconformistas que buscan esa otra literatura que avanza y va más allá, libro a libro.


Sendero del Arroyo

la sequedad impregna los ojos, y luego desciende por los entresijos craneales, y atraviesa la tráquea, y desagua en los alveolos, impacientes por dilatarse, y se diluye, por fin, en una sucesión de estremecimientos cordiales y contracciones gástricas. La sequedad promueve el silencio, como si reprimiese cuanto quisiera surgir y derramarse, cuanto participase de la condición de barro y meteoro. Y en silencio caminamos, observando la delicadeza con que se posa el aire en las jaras despeinadas, la monotonía siderúrgica de las cigarras, la extinción y, a la vez, el nacimiento de las sombras [mueren las astilladas por el sol, depositarias de una frescura híspida, que se asienta en un afuera ilimitado; brotan las que desgrana el ocaso, que empieza a almendrar las crestas de los cerros]. Las sombras son una promesa, pero también un engranaje: ocurren, no transigen; chirrían en los recodos del camino, o en las peladuras de los desmontes, o en el abombamiento de las colinas. Las sombras son proyectiles que se extinguen cuando impactan; son el silencio de la luz, indelebles como la luz. Caminamos. Se acercan tres, cuatro perros, entre ladridos metálicos, que resuenan en las laderas como la tos de un escrofuloso. La sed es un fluido. También los pasos que damos, enhebrados por una voluntad sin propósito. Los árboles, despellejados, nos adelantan: su prisa es subterránea y celestial; su ajetreo, un atropello de saprofitos e inflorescencias. De una casa, a la que se dirige un sendero perezoso, llegan una música arriada y cascotes de conversaciones; de otra, cenicienta de encinas, solo oímos el temblor acrílico de su quietud, el zumbido de la invisibilidad. El camino conduce al repetidor de televisión. El sol es un agujero de fuego, que se reblandece en ocres soliviantados, en regatos que no están, en muros cuyos helechos murmuran. La sequedad nos estraga, aunque agonice. Caminamos. Sonreímos. Lejos, una campana.


*****


entre los arbustos impera un círculo de plata. Otra luna gobierna, con fulgor afín, en la pizarra celeste. Son dos orificios absolutos, que corresponden a mi asombro con su asombro impasible. Sobrenado en un vacío voltaico, escoltado por gente que chirría, por bocas que se abren y siguen cerradas, por orejas que se carcajean, ocluido por una alegría tenebrosa. Es un vacío inmoderado, en el que no reconozco ni los seres que he sido, bañados por el fuego del tiempo, ni el que ahora soy, cubierto por las escaras de la soledad: se enardece; persiste, a pesar de las cosas; se enzarza en oscuras simpatías, como un abejaruco en un muro de campánulas. Me bebo el gin-tónic deprisa: me mira, entre sorprendido y reprobatorio, el anfitrión, que lo ha preparado, alguien con nombre y con muerte, dotado de boca y esperanza, sentado junto a mí, pero alejado de mí, próximo a la sangre, pero sin alas. La piscina emite un resplandor cúbico, en el que reverberan lechosidades subcutáneas y lánguidas excoriaciones de larimar. Habla otro —quién, en qué oscuridad—, alguien que alberga en la mirada una misma voluntad de supervivencia, pese a la fatiga de despertar, pese al desaliento de tener nombre; alguien que transige y estornuda y se embebe de indiferencia, y que, aherrojado por el vacío, se entrega a una apatía laboriosa, se pregunta dónde, en qué sepulcro o qué sol, y elude el fragor hiriente de este día igual a otro día, y a otro día, y a otro ser, pero distinto de cuanto existe. Su yo comparte la sustancia de mi huida; el mío es el núcleo de su nada. Y así nos confundimos el uno con el otro, sin habernos acariciado los ojos, sin habernos conocido nunca; y nos confundimos con el follaje sin movernos de la silla, mientras el alcohol nos instiga, e intercambiamos palabras inequívocas pero ininteligibles, y los setos rezuman quietud. Un abejorro insiste en chocar contra un cristal. La transparencia es un lugar cenagoso: el vacío no puede atravesarse. Tampoco esa pupila, virolada de excrementos de mosca, que me mira por entre las cañas, ni aquella otra, alta, mercurial, que aspira a cubrirme de una eternidad peredecera o regalarme una amputación sin fin. Yo también hablo, como ellos; y oigo el agua luminiscente y muda. Como ellos, zumbo, luciérnaga o cadáver. Y me quemo en esta noche que nace en el pecho y se extingue en la oscuridad. En el vacío vuelan los insectos. Solo el dolor nos ampara.




Eduardo Moga


Eduardo Moga (Barcelona, 1962), poeta, traductor y crítico literario español, está Licenciado en Derecho y Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona. Autor de varios libros de poemas, ha traducido a Frank O'Hara, Yoel Hoffmann, Évariste Parny, Carl Sandburg, Charles Bukowski, Richard Aldington, Billy Collins, Tess Gallagher, Ramon Llull, Arthur Rimbaud y William Faulkner. Practica la crítica literaria en revistas como Letras Libres, Revista de Libros, Cuadernos Hispanoamericanos, Quimera y Archipiélago y Turia, entre otros medios, y codirige la colección de poesía de DVD Ediciones.

Poesía
  • Ángel Mortal (1994).
  • La luz oída (1996).
  • El barro en la mirada (1998).
  • El corazón, la nada (1999).
  • Unánime fuego (1999).
  • La montaña hendida (2002).
  • Las horas y los labios (2003).
  • Soliloquio para dos, en colaboración con José Noriega (2006).
  • Haikus del tren (2007).
  • Cuerpo sin mí (2007).
  • Seis sextinas soeces (2008)
  • Bajo la piel, los días (2010)
  • El desierto verde, con ilustraciones de Santiago Serrano (El Gato Gris, 2011)

Ensayo
  • De asuntos literarios (2004).
  • Lecturas nómadas (2007).

 

Traducciones

  • Frank O'Hara, Poemas a la hora de comer (1997).
  • AA.VV., Juglares y espectáculo. Poesía medieval de debate (1999), con Lourdes Simó y Sergio Gaspar.
  • Yoel Hoffmann (ed.), Poemas japoneses a la muerte (2000).
  • Évariste Parny, La guerra de los dioses (2002).
  • Carl Sandburg, Poemas de Chicago, (2003).
  • Évariste Parny, Canciones malgaches (2004).
  • Charles Bukowski, Poemas de la última noche de la Tierra (2004).
  • Richard Aldington, Un sueño en el Parque de Luxemburgo (2004).
  • Ramon Llull, Libro de amigo y amado (2006).
  • Tess Gallagher, El puente que cruza la luna (2006).
  • Billy Collins, Navegando a solas por la habitación (2007).
  • Arthur Rimbaud, Obra poética completa (2007). Traductor junto a Miguel Casado.
  • William Faulkner, Poesía Completa (2008). Traductor junto a Daniel C. Richardson

lunes, 12 de diciembre de 2011

UN BAILE DE MÁSCARAS










Ritual, de Ernesto García López (Amargord, 2011)


La poesía es un baile de máscaras. A menudo, lo omitimos y nos dejamos llevar por lo mimético y efectista que hay en ellas. Las hay para todos los gustos, con infinidad de formas y tamaños. Cubren el rostro del hombre (o la mujer) que escribe con el propósito de ocultar, alterar o embelesar su yo más íntimo e intransferible. Casi siempre nacen del tedio o la (auto)complacencia, la ira o el aislamiento. Pero todas bailan, a su compás, y nos hacen bailar en la belleza y en el desencanto. Estos señuelos nos podrán seducir, confundir y aportar mayor o menor agrado, pero quizá lo más importante sea confluir en ellos, conocer y descubrir una parte de nosotros en ese otro que, en principio, es ajeno. Pocos poetas se plantean este compromiso incondicional ante el lenguaje como un ejercicio natural de expresar el mundo sin explicarlo, como una maniobra coherente y rigurosa hacia la alteridad. Este es el códice interno de Ernesto García, que ya daba señales de esa búsqueda y praxis en su anterior poemario El desvío del otro (Devenir, 2008). Ahora  con Ritual, su última entrega, ahonda e incide más en esa caverna heredada (a veces, prejuiciosa y anquilosada) del lenguaje, para darle un sentido más carnal, humano y próximo. Por tanto, realista.  Y en el caso de Ernesto este realismo es múltiple, poliédrico, como lo es ante nosotros la propia realidad. El conocimiento de la realidad mana tanto de la indagación más exclusiva como de la más nimia anécdota cotidiana, ambas convergen en ese mismo yo. Y el yo del poeta lo expresa hacia afuera: de lo íntimo a lo público, de la contención al estallido.

En cada una de las secciones que forman Ritual (“Monotipos”, “Alquimia del dolor”, “El grito es un movimiento inacabado”, “Corte arbitrario” y “Ritual”) el autor pretende formular mediante el artefacto del poema territorios aparentemente dispares y desiguales entre sí, con un campo semántico, estructura y ritmo particular, independientes. La voz se sirve de diferentes posibilidades para nombrarse, como un juego de espectros que tarde o temprano interferirán unos a/en otros y confeccionarán esa visión plural y heterogénea de lo conocido.

Es muy probable que esta forma de abordar el ubi sum, a través de ese gran angular, esté condicionada tanto por la formación de su autor (la antropología) como del momento y los lugares en que se fue desarrollando el proceso de escritura del libro: entre Lavapiés y Brixton. Y no se trata esto último de un hecho aislado y casual, ocurrió ya en su anterior libro y como seguramente sucederá con el siguiente, con un pie en Madrid y otro en Nueva York. Lo que nos obliga a decir que no estamos ante un autor estático y equidistante, sino ante una voz contemporánea que afronta la complejidad de definirse y descifrar su entorno como una suma de circunstancias e incidencias, apreciando de cerca las desigualdades sociales, los flujos migratorios y en constante cambio, que requiere de diferentes ópticas para reformularse y expresarse, sin excluir unas a otras: psicología, metafísica, historia, sociología, filosofía, política…


El pulso vital de Ernesto se tensa desde la aspereza hacia la austeridad, de la intimidad al desafío, del extrañamiento a la complicidad, de la periferia al epicentro. Algunos creemos que estas músicas inquietas que ensanchan lo humano, que crean puentes de conciencia nueva, que profanan un territorio sagrado (el rito, la acción literaria) socializándolo y que huyen de lo hueco y cortoplacista, no deberían dejar de sonar.





¿Cuando todo se empoza qué escribir? Soledumbre. Paso vencido Comprender no significa nada.

***

La máscara mantiene el calor del rostro que habitó.


***


El lenguaje desintegra su mecánica. Tienta al silencio tanto como yo lo tiento a él.


***


¿En qué circunstancias puede cantarse un mundo? Fábula de derribo. Fábula de cenizas gigantes


***


Purgatorio sumergido Por eso nos enseñan a bucear. Por eso masticamos algas apagadas.






Ernesto García López


Ernesto García López (Madrid, 1973) estudió Antropología Social y Cultural, Biblioteconomía y Documentación. Profesionalmente se dedica a la gestión cultural, la cooperación internacional y el desarrollo local. Hasta la fecha ha publicado los poemarios: Voz (1998), Fiesta de pájaros (2002), El desvío del otro (2008); así como las plaquettes Últimos poemas de Félicien Rops (Ayuntamiento de Zaragoza, 2005) por la que recibió el primer accésit del XXII Concurso de Poesía Ciudad de Zaragoza, y Tierra de nadie en Letter Press Broadsides (Poetry Series, 22. New York. USA). Los poemas aquí reproducidos pertenecen a su último poemario, Ritual (Amargord, 2011). En la actualidad, Ernesto García López desarrolla labores de co-dirección editorial en la Revista Internacional de Literatura "Galerna" y colabora como crítico en los blogs literarios Pájaros de papel del diario La Opinión de Coruña, Pata de gallo, y en la revista Culturamas. Más información sobre el autor en su blog.

jueves, 8 de diciembre de 2011

4 poemas inéditos para... Carles Duarte, Juan Carlos Mestre, Jordi Doce, Marta Agudo y José Corredor-Matheos

El pasado lunes asistí a un funeral de un familiar cercano. Tenía 48 años. Hoy, festivo y de camino al trabajo, me han asaltado de sopetón cuatro poemas en la calle (sí, 4). No sé si la escritura nos salva de la vida  (y de nosotros mismos) o nos da un sentido para vivirla más o menos egoístamente. Soy de la opinión que lo escrito se lo debemos en cierto modo a alguien. También existen las afinidades emotivas... por aquellos que en un momento nos tendieron su mano sin pedir nada.



                                        a Carles Duarte Montserrat

Este silencio


lágrima en fuga
lápiz de fuego


habla la lengua
de las puestas de sol



***


                                         a Juan Carlos Mestre

Nos recibe
una casa roja
encendida

a ráfagas trenzada
con llaves de aire
y miel

nos conjuga
uno a uno
ángeles caídos

a cau d'orella
sil·labari libèrrim


huéspedes en gracia
a salvo del olvido


***


                                                        a Jordi y Marta

Otras lunas vendrán
nos llamarán

al calor de su lumbre
pronunciaremos en alto
nuestros nombres de pira:
sol luna precipicio...


los perros darán fe
de que una vez existimos


***


                                              a José Corredor-Matheos


Cuida tu jardín
jardinero fiel

sella tu voz
sin amo ni tierra


a merced
             del vuelo

y no olvides caer
a diario

lunes, 5 de diciembre de 2011

Laia Noguera

No hemos dado nombre a las piedras.
Nos precedían.
Nos habían esperado.
Acariciarnos como cantos rodados.
Nos hace el agua.
Mira este núcleo de gaviotas.
Pasan y dicen.
Se detienen en el agua.
Dejan la playa llena de huellas.
Somos piedras.
Nos dejamos caer.
Que el viento nos haga.



(poema XX, Triomf, Columna, 2009)


No hem posat nom a les pedres.
Ens precedien.
Ens havien esperat.
Amoixar-nos com còdols.
Ens fa l’aigua.
Mira aquest nucli de gavines.
Passen i diuen.
S’aturen a l’aigua.
Deixen la platja plena de petjades.
Som pedres.
Ens deixem caure.
Que ens faci el vent.



Laia Noguera

Laia Noguera i Clofent. Calella, 1983. Es licenciada en Filología Catalana por la UB. Ha publicado L’oscultor (premi Amadeu Oller 2002, ex aequo, publicado por Galerada, 2002), Fuga evasió (premi Recvll 2003, publicado por Pagès Editors, 2004), la plaquette Incendi (Cafè Central, 2005), No et puc dir res (premi Martí Dot 2006, publicado por Viena, 2007), Els llops (con Esteve Plantada y Joan Duran, La Garúa, 2009), Triomf  (premi Miquel de Palol, Columna, 2009), L'U (con fotografías de Fiona Morrison, Arola Editors, 2010), Parets (Edicions 96, 2011) y Caure (premi Ausiàs March, Edicions 62, 2011). Ha participado en las antologías Singulars d'un plural (Festival de Poesia de Girona, 2004), Joves poetes catalans (Brosquil, 2004), Los versos de los acróbatas (Fronteras Movedizas, 2005), Bellesa ferotge (Fonoll, 2006) y Solstici d'estiu (Fundació A.C.A., 2006). Ha traducido del vasco poemas de Kirmen Uribe y de Leire Bilbao y, del italiano, poemas de Teresa di Cosimo y de Luigi Manzi. Es guitarra solista en el grupo de Thrash-Death metal Red for more. Desde hace unos años recita activamente, sobre todo en Búger, Calaceit, València, Àger, Barcelona, Vallgrassa, Ciutadella, Granollers, Lleida, Gandia, Girona, etc., pero también fuera de Cataluña (Bilbao, Ea, Sant’Oreste...).

* traducción: Joan de la Vega

sábado, 3 de diciembre de 2011

Marta Pera

POR EL BORDE

Caminas siempre por el borde
de la rutina, las raíces clavadas
en la aparente seguridad

de las cosas conocidas
(alas ávidas de cielo).
Da miedo lanzarse
al abismo
de la incertidumbre:
el vacío
insondable
que te llama
sabiendo
que te estrellará.



Pero, ¿con qué alas?

(inédito)


PEL CAIRE

Camines sempre pel caire
de la rutina, les arrels clavades
en la seguretat aparent
de les coses conegudes
(les ales àvides de cel).
Fa por llançar-se
a l’abisme
de la incertesa:
el buit
insondable
que et crida
sabent
que t’estavellaràs

--però, i les ales?




 

Marta Pera i Cucurell (Mataró) ha traducido al catalán -además de películas, series y documentales para televisión-, autores como: Henry James, Virginia Woolf, William Faulkner, Harold Pinter, Salman Rushdie, Doris Lessing, Martin Amis, Ohran Pamuk, Katherine Mansfield, Margaret Atwood, Joseph Conrad, Wilkie Collins, Robert Musil, Ernst Jünger, John Le Carré, Doris Dörrie, Chuck Palahniuk, Tom Sharpe, Bret Easton Ellis, Daphne Du Maurier, Martin Amis, Michael Cunningham, Elizabeth Smart, Nicholas Evans, Natasha Dragnic, Vladimir Nabokov y William Shakespeare.

* traducción: Joan de la Vega